EL MAL DE LA INDIFERENCIA

Es conocido el concepto de ‘banalidad del mal’, tratado por la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt. La pensadora profundizó en ello a raíz del juicio al nazi Otto Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en 1961, y al que ella acudió como reportera del periódico americano ‘The New Yorker’. Arendt logró salir de Alemania en 1933. Cuando los servicios secretos israelíes secuestraron en Argentina al antiguo miembro de las SS y lo trasladaron a Israel para someterlo a juicio,  la filósofa quiso afrontar en primera persona aquel juicio y escuchar con sus oídos relatos de crímenes nazis, como si hubiese buscado participar, en cierto modo, de aquel espanto del que la fortuna hizo que se librara.

La experiencia del juicio de Eichmann, condenado a muerte en 1963, marcó hondamente a Hannah Arendt, quien no se limitaría a ser mera reportera de aquel acontecimiento y llevaría mucho más lejos su reflexión, abundando en un aspecto central de la condición humana como pensadora que también fue de las luces y sombras del espíritu humano. Sus crónicas se convirtieron en el libro ‘Eichmann en Jerusalén’, donde plantea la cuestión de la banalidad del mal. La tesis principal podría resumirse así: el nazi Eichmann fue un hombre gris, corriente, “terroríficamente normal” –escribe–; seguramente buen marido y buen padre, y hasta buen ciudadano; y, como expresó hasta la saciedad durante el juicio, se limitaba a cumplir las órdenes que recibía de sus superiores.

Sin embargo, en ese cumplimiento a ciegas, en la indiferencia frente a la verdad, en la falta de reflexión y la inmoralidad que entraña tal inconsciencia es donde radica el mal banal, un mal que aparentemente no perpetra actos malos, pero que, por indiferencia, favorecería en este caso millones de muertes.

Eichmann no quería ver; ni siquiera quería mirar. De ahí la conclusión de la filósofa cuando escribe que “únicamente la pura y simple irreflexión –que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez– fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo”. Irreflexión e indiferencia son signos del tan extendido deporte de negarse a mirar y a ver: una inmoralidad flagrante, fruto de la dejadez en el ejercicio del pensamiento, amén de una falta de responsabilidad y de compromiso reales. Hannah Arendt destaca la pobreza de pensamiento en Eichmann, pese a que era un alto mando de las SS; pero bien sabía ella que la responsabilidad de pensar –en la que el gran Pascal sitúa el principio de la moral– no depende ni de cargos ni de honores, sino de la voluntad de cada ser humano, de su capacidad, y de la atención que este ponga en la realidad, que siempre será referente moral por excelencia.

Las reflexiones de Hannah Arendt no fueron bien recibidas, ni por los lectores de sus crónicas, ni por muchos intelectuales; tampoco entre sus amigos y familiares judíos, que no llegaron a entender a la pensadora y hasta se sintieron maltratados, en cierto modo, por sus palabras. Y es que el compromiso con la verdad suele acarrear estas incomprensiones, aunque ciertamente nunca deberían ser óbice para que la tarea de pensar siga siendo un deber fundamental de todas las personas.

Hannah Arendt muestra las consecuencias de esta indiferencia ante el mal. Y concluye diciendo que “una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana”. La historia lo ha puesto de manifiesto muchas veces. Y es claro que únicamente los seres humanos podemos remediarlo.

Entresacado de un artículo de Carmen Herrando . Profesora de Ética en la Universidad de San Jorge