LOBA

FOTOGRAFÍA/AZUREA20

Me llamo Loba y pueden encontrarme en la selva salvaje del paseo de los tilos. Pacífica, con el corazón de loba escondido en mi bolso marrón.

Mis garras y mis uñas trepan a la copa más alta del tercer tilo de la derecha, quiero remendar las desastres más recientes y ver lo que nadie ve.  Acomodo mi cuerpo y pongo mis ojos en el asfalto: Un balancín cojo  , un tullido afinando conciencias, un músico callejero con  temblor sostenido. Flores de humo. Eriales sin semillas.    No es fácil este ejercicio de equilibrio y hueca solemnidad en un espacio donde las puertas verdes  permanecen cerradas a cal y canto. Tampoco son previsibles   sorpresas por el  entorno, salvo un olor a incienso seco procedente de  los templos más venerados. Confieso que las puertas verdes cerradas estremecen mi humor y que el olor a incienso me confunde. De modo que  a pesar de estar distante del suelo   no consigo vencer el vértigo del abismo. Hay un reloj  marcando las horas,  mi piel se apaga, languidece y arrastro mi pelo cobrizo por la yerba quemada de pisadas inmisericordes. ¡ Loba! Tienes la fuerza que crees .  Yérguete, luce tu entereza, levanta la bandera que pespunteaste la tarde del atropello. La tarde en que alguien quiso arrojarte lejos del bosque de los lirios azules.