YA NO SERÁ

Fotografía – Astrid Verhoef

IDEA VILARIÑO (Montevideo, 18 de agosto de 1920 – Montevideo 28 de abril de 2009). Fue una poeta, ensayista y crítica literaria perteneciente al grupo de escritores denominados  Generación del 45. Dentro de sus facetas menos conocidas se encuentra la de traductora, compositora y docente.

Nació en una familia de clase media y culta, en la que estaban presentes música y literatura. Su padre, Leandro Vilariño (1892-1944) fue un poeta cuyas obras no fueron editadas en vida. Al igual que sus hermanos Numen, Poema, Azul y Alma, estudió música. Su madre conocía muy bien la literatura europea, y su padre era un conocido anarquista.

Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui ni
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.

Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.

VENTANAS

Verónica Fradkin /ilustradora

Como un abrigo de Abril

ligero de fina lana

estabas durmiendo un sueño

enredado de palabras,

mudas, mirándose,

formando una cadena.

Cadena encadenada.

Cadeneta de nieve dulce,

almíbar,

para las noches de luna clara.

¿Y por qué no te miré?

¿Y por qué no te busqué?.

Solo mirando la noche.

La noche toda,

toda enterita colgada,

colgada como un ahorcado

de la ventana iluminada,

iluminada de sombras

de bocas mal alumbradas.

Mas la corriente del río

un día habrá de llegar

y traerá por sorpresa el alba

Nadie duerme.

Nadie sueña tras esas ventanas.

¿Nadie ya espera el alba?

BESOS

A mi madre

Nos falta día para besarnos

para darnos las caricias que nunca nos dimos

para reparar los desgarros con puntadas de seda

Hay besos de buenos días

besos de postre

besos de media tarde

besos de buenas noches

de regalo, de propina, de porque sí

besos.

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Y luego, cuando la luz se pague

 y el agua lo gobierne todo,

a dónde irán los besos.

A dónde irán cuando ya no estemos.

En estos días de limbo, sin tiempo, resolviéndolo todo, dormitando entre mis cosas, he dado con este poema.

He querido actualizar esta entrada, pero la he liado de tal manera que no ha sido posible hacerlo en la fecha en que fue publicada, debió de ser por Abril de este mismo año. Mi intención es aclarar, matizar algunas cosas. Sé la razón por la que la escribí y a quien se la escribí. Mí pudor, a veces, levanta un muro difícil de eludir.

DONDE EL DOLOR DESCANSA

Fotografía–R.G. Buisan

El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de los complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.
El plan es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.
En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.
El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo).
El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz. La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de exención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de «volver al útero» es una vulgar simplificación).
Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. No hay altruismo en el deseo. Al principio están implicados dos cuerpos y la exención, siempre y cuando se logre, los protege a ambos. La exención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La exención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.
Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de una oscuridad.

John Berger / del libro “Esa Belleza”