TURISTA EN TU TIERRA

Urgencias a tope, y mi lengua sangrando a chorros. Todo por ir de turista un Viernes de Pasión. Ya se sabe sangre y pasión van cogidas de la mano. Después de muchos años, esta mañana nublada pero amable he sido turista en mi ciudad. Después de muchos años he vuelto a visitar la Seo, esta hermosa y desconocida Catedral zaragozana. Aquí florecen y se complementan en armonía, en silencio y sin tirarse los ladrillos a la cabeza, el románico, el gótico, el mudéjar, el renacentista y el barroco. Luciendo para todos: ateos, moros y cristianos. El arte siempre dando lecciones que no aprendemos. Yo tampoco aprendo. Mi lengua hubiera sufrido menos si en lugar de enfurecerme, cuando una madre decía a su hijo que la imagen de ese señor imponente desafiando a un dragón era Sant Jordi, ya digo, que si en lugar de enojarme me pongo cantar p’a mis adentros la “tarara” hubiera evitado, justo en ese preciso instante partirme la lengua en dos, por no señalar alto y claro que: aquí no es Sant Jordi, aquí es San Jorge.
El grupo de turista lo formaban: Un hombre, una mujer y un niño, todos ellos castellano hablantes, idioma con el que se comunicaban con toda normalidad y sin el más mínimo acento catalán. Mi imaginación los ha situado como aragoneses emigrados a Cataluña. No tengo nada contra los catalanes ni contra Cataluña. No me gustan los nacionalismos, me parece lo más cercano al fascismo, que les den o no la independencia ni me preocupa ni me ocupa, es más creo que los encarcelados deberían estar en libertad. Ahora bien, el respeto, las palabras y el menosprecio o el uso de un idioma como signo de distinción o superioridad eso sí que me cuesta tolerar. En cuanto al santo. San Jorge me la trae al pairo. En fin, menudo día de pasión, mi lengua con siete puntos de sutura, como las siete palabras de Cristo y San Jorge rebautizado en Aragón, con todo esto, y ya puesta,  igual me animo y saco mi procesión a la calle.

AMOR

CARLOS BOYERO

6 ABR 2019 – 09:42 CEST

Creo escuchar en Espejo público esta contundente expresión de un hombre que aparenta cierta entereza, aunque debe de sentirse devastado: “Las campañas electorales me la traen al pairo”. Ha pasado una noche en un calabozo y le puede caer pena de cárcel. Porque ayudó a su mujer a suicidarse. La ELA se había ensañado con ella, la morfina ya no suponía un alivio, anhelaba morir, le pidió ayuda a su marido y grabó ante una cámara su deseo, imagino que para evitar que la ley le masacrara. Y me conmuevo. También me entra una mala hostia sanguinaria contra los que creen que solo Dios puede acabar con la existencia de esos enfermos que suplican que los ayuden a largarse al otro barrio.

¿Dónde hay que firmar, incluso con sangre o si existe el riesgo de que me multen o me entrullen, para exigir el sagrado derecho a la eutanasia? En nombre de algo tan devaluado llamado humanidad, de la compasión activa, del derecho. Pero iría más lejos. No solo podrían acceder a la eutanasia los que están corroídos por el dolor físico, insoportablemente enfermos. También aquella gente que tiene irremediablemente rota el alma, aquellos cuyo único deseo es dormir y que ese sueño fuera eterno, pero se despiertan aterrorizados al amanecer y los ojos se les empapan de lágrimas, los que no pueden esperar ya nada de nadie, los acorralados permanentemente por el monstruo de la soledad, la desesperanza, la ruina, el abandono, el sufrimiento crónico, el hastío, la inconsolable sensación de que todo está perdido.

Y vale, que se suiciden los aquejados de cáncer de espíritu. Pero igual les falta coraje y necesitan ayuda, que su tránsito a la nada sea dulce y que haya compañía. A lo peor no saben cómo matarse. Todo requiere conocimiento.

Yo añado: No pongáis vuestras leyes, ni vuestras manos, ni vuestra fe,  ni vuestras ideas en el amor. Dejadme entender el amor como lo siento. Dejadme escuchar las palabras de mi amor.