LA CENIZA DE LA LUMBRE

Llego requemada,  azotada por sol y el viento. Llego a  un desierto de luz, polvo y tierra.  Ella,  no me  mira, gira la cara, lanza un suspiro a la nada y  comienza un ronroneo,  una salmodia que  recuerda la letanía en casa de un difunto.  Solo yo percibo ese murmullo gris. Es como una  bofetada fría  y serena en el rostro llagado de los días. Yo sí la miro. Vestida de acero y sin fe,  limpio  mantos sutiles que acunan moscas y polillas embalsamada,  riego  la adelfa golpeada por siglos sin lluvia, sin palabras, sin gestos, sin pasos, sin voces… La adelfa que plantó mi padre. Abro las ventanas que dan al sur y un sol atrevido y poderoso se duerme en los rincones más escondidos, desempolvo los espejos y los símbolos antiguos resucitan,  los nomeolvides renacidos siguen tozudos como el tictac del reloj.  Mi traje resiste como un Titán. Resiste las sombras, las voces del silencio  y  la culpa. La culpa que salta  los peldaños de dos en dos sin encontrar la salida.  Froto el fracaso  con estropajo de cobre y solo consigo resaltar el brillo de todas las derrotas.

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